Superhéroes y armaduras: ¿sí o no?
Hoy quiero compartir una reflexión que surgió en el gimnasio. Estaba hablando con mi entrenador, un hombre que se ve fuerte, decidido, todo de una pieza, correcto, responsable y moderadamente serio. Me cae bien.
Hablando del más y del menos, con extrema normalidad suelta una frase para él obvia: “Nunca hay que bajar la guardia con nadie, Jess. Hay que vivir en constante alerta”
YO: ¿Nunca???
ENTRENADOR: “¡Nunca, si no, te llegan palos!” (frase que expresa acompañado con un gesto de clara obviedad).
Lo observo: veo un cuerpo recto, fuerte y entrenado, pero al escucharle me invade una sensación de tierna fragilidad. En aquel momento me llega ESE escalofrío. Es el escalofrío que suele “activarme” cuando “conecto” con alguien.
Lo miro, respondo con una bondadosa sonrisa y pregunto: “Cuánto de feliz te hace lo que acabas de decir?”
E: “Con mi coraza soy feliz, ¡muy feliz!”
(Ahí va…………otra coraza)
Más pasa el tiempo y más me cruzo con gente que lleva coraza y que, además, está orgullosa de ella. Entiendo el por qué. Yo misma he llevado una por mucho tiempo, pero poco a poco la he querido consumir. Creo que ya sólo quedan restos de ella y me siento muuuucho mejor, Más ligera.
Pensando en eso contesto: “Yo ya no quiero coraza”
E: “Pero sin coraza te hacen daño!” Me contestó con seguridad (estamos en un gimnasio…y él es un entrenador personal)
YO: “Puede ser, pero … ¿y si NO me quieren hacer daño? ¿Qué hago yo con mi coraza puesta?
¿Y si llevándola todo el tiempo las personas pensaran que soy yo la que quiere atacar? ¿Cómo influiría mi coraza entonces, en la actitud que la gente tendría hacía mí?
E: “Ya, pero yo no quiero que pienses que soy una mala persona: yo soy muy bueno por dentro”
(¡bingo!)
YO: “Lo intuyo, pero en este preciso momento lo has tenido que especificar, ¿no?
¿No sería más fácil mostrarme lo bueno que eres y, sólo si fuera necesario, sacar tu armadura?
¿Y si al llevarla siempre puesta, los demás nos perdiéramos esa parte tierna y amorosa que hay en ti y… no llegáramos a conocerte por lo que eres de verdad?” Desde mi punto de vista sería una gran pena…
Y peor aún: ¿y si al llevarla constantemente te olvidaras de que la tienes y te enjaularas en ella? ¿y si tu verdadero ser termina asfixiándose? ¿Qué perderías?
El entrenador relaja un poco la postura. Ya no hay gestos de “obviedad”. Se sienta en la mesa (bajándose a mi altura) y empieza a expresarme lo mucho que le gusta hablar de estas cosas. Al decirme eso, yo me imagino un haz de luz que por una pequeña fisura se mete en su coraza, llevándole oxígeno. Si le gusta hablar de eso, es probable que el ser escondido tras la armadura esté disfrutando del aire fresco…
SI FUERA MI CLIENTE SEGURÍA PREGUNTANDO: ¿De verdad tenemos que llevar aún esa coraza? ¿Seguimos necesitándola?
Yo quiero pensar que la respuesta es: raras veces.
Si tenemos una armadura puesta, significa que hubo ocasiones en la que la hemos necesitado. Nos las hemos puesto y hemos luchado con ella. Pero pasada la batalla, quizás sea más beneficioso quitársela para volver a respirar aire fresco.
Yo decido que PARA MI la coraza es una herramienta que cuanto menos uso, mejor me siento. En el día a día, elijo ir por la vida ligera, ágil y ¡resplandeciente! No quiero que nada tape mi brillo.
Y si alguien me pilla desprevenida y “me mete un palo”, pues entonces me agacho, sufro lo que haya que sufrir, pero luego tomo un profundo respiro, me levanto e intento comprender porque me han dado el palo. Muchas veces «los enemigos» no quieren atacarnos directamente, sino que están combatiendo contra sus proprios monstruos internos y sin darse cuenta la pagan con nosotros. Por eso elijo evaluar cada situación y si lo veo necesario, pues quizás me quiera poner la coraza para defenderme, pero si hay posibilidad de no hacerlo, no devuelvo el golpe, sino que ofrezco APERTURA. La mayoría de las veces funciona y las relaciones mejoran.
Conclusión: hay muchas corazas entre nosotros. Comprendo y entiendo porque llegamos a podérnoslas. Al mismo tiempo siento compasión (ninguna pena) por aquellos seres que se han quedado ahí dentro, atrapados. La gran mayoría de las veces, son personas que están heridas y asustadas que ya no la necesitan, pero que se han acostumbrado hasta el punto de convertirse en ella. La armadura puede oscurecer nuestro inimitable brillo y, además, impide a los que nos rodean que gocen de nuestra luz.
“De verdad crees que pensando de esta manera se puede cambiar el mundo?” – me pregunta el entrenador con aire de renovado desafío…
“El mundo quizás no, pero mi vida y mis relaciones…desde luego que sí”
P.D. en la de la foto de arriba aparezco yo, sin armadura. Brillante, no? 😉
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